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MUNDIAL

José Martí y Malcolm X: «Amor con amor se paga» contra el bloqueo de las rutas solidarias

Por Geraldina Colotti
Resumen Latinoamericano
20 de mayo de 2026.

El 19 de mayo no fue una simple coincidencia
cronológica, sino un nodo geopolítico de la memoria.
En 1895 caía en Dos Ríos el Apóstol de Cuba, José
Martí; treinta años después, en 1925, nacía en Omaha
quien se convertiría en Malcolm X. Aunque separados
por las especificidades de sus épocas, ambos líderes
convergen en una intuición fundamental que hoy, ante
las nuevas formas de agresión asimétrica y de tutela
colonial en el continente, adquiere una urgencia
dramática: la liberación de los pueblos no se negocia
ni se delega a la benevolencia del opresor.
Martí conoció al «monstruo» desde las entrañas,
viviendo en Nueva York. En su célebre carta
testamento a Manuel Mercado, escrita el día antes de
morir, aclaró el núcleo de su existencia entera:
impedir a tiempo, con la independencia de Cuba, que
los Estados Unidos se extendieran por las Antillas y
cayeran, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de
América.

Martí comprendió la transición del viejo colonialismo
español al imperialismo financiero y geopolítico
estadounidense entonces en ciernes.
Martí no concebía la revolución sin una adecuada
preparación y una organización científica (de ahí la
fundación del Partido Revolucionario Cubano). Sabía
que las «trincheras de ideas valen más que las
trincheras de piedra», pero no dejó los fusiles en los
depósitos: fue a morir en la primera línea porque la
dignidad y la soberanía necesitan una postura de
defensa intransigente.
Malcolm X, tres décadas más tarde, retoma ese testigo
analítico desde el corazón mismo de la metrópoli
imperial. Su teoría de la «colonización interna»
desbarata la ilusión de las democracias occidentales:
demuestra que el tratamiento reservado a las minorías
o globalmente a las clases subalternas dentro de los
Estados Unidos calca exactamente los mecanismos de
saqueo, extracción de plusvalía y militarización de los
territorios aplicados en la periferia global.
Ambos rechazan el reformismo cosmético. Para Martí,
la autonomía formal concedida por España era una
trampa; para Malcolm, los solos «derechos civiles»
desvinculados de los derechos humanos y de la

autodeterminación económica eran un somnífero para
la conciencia de clase y de “raza”.
El análisis de la colonización interna producido por
Malcolm X sigue siendo un aporte lúcido para la
geopolítica contemporánea. Demostró cómo, mientras
los imperios occidentales concedían independencias
formales en la periferia, en el corazón de las
metrópolis se perfeccionaba un modelo de sujeción
económica, cultural y política que extraía plusvalía y
militarizaba los barrios populares a través de sectores
reformistas, sin necesidad de gobernadores extranjeros
visibles.
Tanto el concepto martiano de Patria como humanidad
—entendida no como nacionalismo burgués o
egoísmo identitario, sino como superación ética de las
fronteras en la que la liberación del propio pueblo es
sólo una pieza de un deber universal hacia todos los
oprimidos— como el de la resistencia interna al
colonialismo en el corazón de las metrópolis
imperialistas, propuesto por Malcolm X, mantienen
intacta su vigencia.
Adquieren, por el contrario, una vigencia dramática
hoy cuando la neocolonización se impone mediante el
chantaje financiero, el uso asimétrico de la tecnología
bélica, el «lawfare» judicial y el predominio de

narrativas neoliberales que buscan privatizar la
conciencia de los pueblos y transformar a los
migrantes en los chivos expiatorios por excelencia.
El hilo histórico que une a Malcolm X con el Sur
Global tiene un hito imborrable: su encuentro con el
Comandante Fidel Castro, ocurrido la noche del 19 de
septiembre de 1960 en la habitación número 30 del
Hotel Theresa de Harlem. Aquella reunión no fue un
gesto protocolar, sino el fruto de la decidida elección
de la delegación cubana que, rechazando las
provocaciones y las expulsiones discriminatorias de
los hoteles de lujo de Midtown Manhattan, eligió
trasladarse al corazón del barrio afroamericano por
invitación del Comité de Recepción liderado por el
propio Malcolm X.
Aquel diálogo de treinta minutos selló el
reconocimiento mutuo de dos vanguardias que
entendían la liberación de los oprimidos dentro de la
metrópoli y la soberanía de las naciones agredidas
como partes de una misma trinchera. Su mensaje se
multiplicó también en las metrópolis de Europa
cuando, en los años 70, desde Italia hasta Francia y
Alemania, los revolucionarios intentaron “tomar el
cielo por asalto” uniendo las luchas obreras con las de
los “condenados de la tierra”.

El presente nos muestra el costo de haber perdido o
subestimado esas enseñanzas, desde los países de
Europa hasta el Sur Global. Allí donde los Estados
soberanos renuncian a edificar una disuasión
tecnológica, asimétrica y popular para ceder al
alineamiento forzado con los mercados financieros de
Washington, “el pragmatismo económico” sustituye al
impulso ideal colectivo.
El encuentro de Fidel y Malcolm X nos recuerda hoy
que la solidaridad internacionalista y la memoria
histórica son los principales antídotos contra la
hegemonía del dólar y del Pentágono. Este eje
ideológico encuentra su trinchera más difícil en la
solidaridad entre los pueblos que rechazan la lógica
del protectorado.
Desde la República Bolivariana de Venezuela, un país
que hoy intenta resistir tras el secuestro del Presidente
Nicolás Maduro y de la primera combatiente Cilia
Flores, la campaña «Amor con amor se paga»,
promovida en apoyo a la Cuba revolucionaria, y la
solidaridad expresada al pueblo boliviano en lucha, a
los palestinos, y al orgullo histórico de Haití, no son
fórmulas retóricas, sino una necesidad geopolítica
vital.

La realidad actual muestra la ferocidad de un
imperialismo que ha enfocado su estrategia
precisamente en cortar y criminalizar estos canales de
ayuda mutua, militarizando las rutas marítimas y
usando el chantaje financiero para impedir el trasvase
de recursos estratégicos entre gobiernos hermanos.
Frenar este intercambio solidario es el intento de
Washington de demostrar que no existe alternativa al
capitalismos y a la órbita del mercado transnacional.
Pero es precisamente frente a este estrangulamiento
donde la intransigencia de Martí y Malcolm X
recupera centralidad, uniéndose a la «creación
heroica» del marxista José Carlos Mariátegui. Esta
creación heroica se expresa hoy en la capacidad de
escapar de las simplificaciones dogmáticas, de
conducir negociaciones tácticas necesarias para
preservar la continuidad política, sin permitir por ello
la evaporación del impulso ideal colectivo o el
desmantelamiento de las estructuras de base: tal como
lo está haciendo Cuba.