MUNDIALMUNDO: Antiintelectualismo en peligro que moldea nuestras sociedades.
Especial Para Cambio SocialEspecial Para Cambio SocialPor Abimael Acosta
Escritor y activista de derechos humanos
21 de abril de 2026
En estos días tuve a una persona comentando constantemente en mis columnas. Escribía de manera extensa, con seguridad, con convicción. Pero cuando comencé a hacerle preguntas y a presentarle argumentos comprobables que desmontaban lo que decía, ocurrió algo revelador: no podía sostener su postura más allá de su opinión. Peor aún, ni siquiera conocía ni utilizaba correctamente los términos básicos de lo que intentaba debatir.
No lo menciono para burlarme, sino porque ese momento ilustra algo mucho más grande: el antiintelectualismo.
El antiintelectualismo no es simplemente falta de educación. Es una postura activa que desconfía del conocimiento, rechaza la evidencia y sustituye el análisis por la opinión. Es cuando la información verificada pierde valor frente a lo que “yo siento”, “yo creo” o “yo pienso”. No se puede pretender dar el mismo valor a lo que "yo pienso" , "yo creo", o "yo siento", que a lo que se puede probar con evidencia irrefutable. Eso, en cualquier democracia, es peligroso.
En Estados Unidos y Puerto Rico, este fenómeno ha crecido alimentado por factores políticos, culturales y religiosos. No es casualidad. Es útil.
Para muchos políticos, el antiintelectualismo es una herramienta de poder. Un electorado que desconfía de expertos, científicos, periodistas o académicos es más fácil de influenciar. No hay que debatir datos complejos ni explicar políticas públicas con rigor; basta con apelar a emociones, repetir consignas y construir enemigos: “las élites”, “las universidades”, “los expertos”.
Así se sustituye el pensamiento crítico por identidad. Ya no importa si algo es cierto, importa si reafirma lo que mi grupo cree.
El fundamentalismo religioso también ha jugado un rol en este proceso. No toda religión promueve el antiintelectualismo, pero cuando la fe se utiliza para evitar preguntas, para imponer verdades absolutas o para rechazar el conocimiento científico, se convierte en un obstáculo para el desarrollo intelectual. Temas complejos como la identidad de género, la educación sexual o la ciencia son reducidos a posturas morales simplistas, donde cuestionar se percibe como una amenaza.
En ese contexto, el conocimiento deja de ser una herramienta de crecimiento y se convierte en un enemigo. Por eso no sorprende que, paralelamente, se ataquen las instituciones educativas. Propuestas para debilitar el sistema público, recortar fondos universitarios o intervenir en currículos académicos no ocurren en el vacío. Cuando se debilita la educación, se debilita la capacidad de una sociedad para pensar críticamente. Y una sociedad que no cuestiona es una sociedad más fácil de dirigir. Sin embargo, la historia demuestra lo contrario de lo que estos sectores promueven. Han sido precisamente los estudiantes y los movimientos universitarios los que han impulsado muchos de los cambios sociales y económicos de los que hoy todos nos beneficiamos. Desde los movimientos por los derechos civiles, hasta luchas por la educación pública accesible, la equidad social y los derechos humanos, han surgido de espacios académicos donde se fomenta el pensamiento crítico.
Las universidades no solo forman profesionales; forman ciudadanos capaces de cuestionar el poder. Por eso incomodan. Pero aquí también hay una responsabilidad importante que no se puede ignorar. La academia y los intelectuales no pueden quedarse en sus espacios cerrados, hablando entre ellos, celebrándose entre sí, mientras el resto de la sociedad queda fuera de la conversación. El conocimiento que no se comparte, que no se traduce, que no se hace accesible, pierde su impacto.
Educar no es demostrar superioridad. Es conectar.
Si queremos enfrentar el antiintelectualismo, no basta con señalarlo. Hay que hacer el esfuerzo de explicar, de dialogar, de llevar el conocimiento a donde está la gente. No desde el pedestal, sino desde la responsabilidad.
Porque al final, una sociedad informada no es una amenaza. Es la base de una democracia real.
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