MUNDIALPUERTO RICO: El Proyecto Esencia: crecimiento económico o corrupción ambiental. Especial para Cambio SocialEspecial para Cambio SocialPor martha quinones dominguez
Claridad
enero 8, 2026
Cada cierto tiempo, Puerto Rico vuelve a enfrentarse a la misma promesa: un megaproyecto que, según sus promotores, traerá empleo, inversión y progreso. El Proyecto Esencia en Cabo Rojo es el ejemplo más reciente de esa narrativa. Pero más allá de los eslóganes de “desarrollo” y “crecimiento económico”, vale la pena preguntarnos con honestidad: ¿de qué tipo de crecimiento estamos hablando y quiénes realmente se benefician? Otro debate es la corrupción ambiental que es una de las problemáticas más graves y menos visibles de nuestro tiempo. Se refiere a las prácticas ilegales o poco éticas que permiten la explotación, degradación o destrucción del medio ambiente a cambio de beneficios económicos o políticos. Este tipo de corrupción no solo afecta a la naturaleza, sino que también tiene profundas consecuencias económicas y sociales que impactan de manera directa en la calidad de vida de las personas.
El crecimiento económico, tal como se presenta en proyectos como Esencia, suele medirse en cifras rápidas: millones en inversión, empleos temporeros en la construcción y un aumento momentáneo en la actividad comercial. Estas métricas, aunque atractivas en el papel, no cuentan la historia completa. Una vez terminada la construcción, muchos de esos empleos desaparecen y los beneficios se concentran en manos de desarrolladores e inversionistas que, en muchos casos, no viven ni reinvierten en las comunidades afectadas.
El desarrollo económico, en cambio, es otra cosa. Implica mejorar la calidad de vida de manera sostenida, proteger los recursos naturales que sostienen economías locales y garantizar que las comunidades tengan voz en las decisiones que transforman su entorno. Desde esta perspectiva, el Proyecto Esencia genera más preguntas que certezas. Cabo Rojo no es un lienzo vacío; es un municipio con ecosistemas frágiles, acuíferos limitados y actividades económicas —como la pesca, la agricultura y el turismo ecológico— que dependen directamente de un ambiente sano.
La corrupción ambiental ocurre cuando actores con poder —ya sean funcionarios públicos o privados— manipulan o violan procesos de gestión ambiental para beneficio propio o de terceros, en detrimento del bien común y de los recursos naturales. Esta corrupción puede implicar conflictos de interés, hasta captura regulatoria, manipulación de estudios de impacto o exclusión de participación pública en decisiones ambientales significativas.
Resulta preocupante que, en nombre del crecimiento, se normalice la idea de que los procesos ambientales pueden flexibilizarse o acelerarse. La percepción de permisos otorgados con prisa o con poca participación ciudadana no solo afecta al ambiente, sino que debilita la confianza en las instituciones públicas. Y sin confianza, no hay desarrollo real. Lo que hay es un modelo económico frágil, dependiente de excepciones y privilegios.
Además, insistir en megaproyectos turísticos como motor principal de la economía perpetúa una dependencia peligrosa. Cuando los recursos naturales se degradan y el costo de vida aumenta, las comunidades locales pagan el precio, mientras los beneficios se privatizan. Ese no es desarrollo; es una transferencia de riqueza y de riesgos.
El debate sobre Esencia no es un rechazo automático a la inversión ni al progreso. Es una discusión necesaria sobre el modelo económico que queremos para Puerto Rico. ¿Uno basado en el crecimiento rápido y el sacrificio ambiental, o uno que apueste por la sostenibilidad, la equidad y la planificación a largo plazo?
Al final, la pregunta clave no es si el Proyecto Esencia puede generar dinero, sino si puede generar bienestar duradero. Porque el verdadero desarrollo no se mide solo en dólares invertidos, sino en comunidades fortalecidas, recursos protegidos y un futuro que no se construya a costa del presente.
Las críticas al proyecto señalan que el desarrollo propuesto podría comprometer acuíferos, zonas costeras y hábitats sensibles, poniendo en riesgo actividades económicas tradicionales que han sustentado a Cabo Rojo por generaciones. Cuando los recursos naturales se degradan, también se debilita la base económica futura de la región.
Un elemento clave en este debate es la forma en que se han otorgado los permisos ambientales. Procesos percibidos como poco transparentes o acelerados afectan la confianza pública y generan dudas sobre si el proyecto responde al interés colectivo o a intereses particulares. La gobernanza ambiental sólida no es un obstáculo al desarrollo, sino una condición esencial para atraer inversión responsable y duradera.
Cuando las reglas parecen flexibles para algunos actores, se distorsiona el mercado y se incentiva un modelo de negocios que prioriza la ganancia rápida sobre la sostenibilidad. Esto puede ahuyentar inversionistas comprometidos con prácticas éticas y limitar oportunidades económicas más resilientes.
Cuando las autoridades encargadas de proteger el medio ambiente actúan por intereses privados, se debilitan las leyes ambientales y se facilita el uso irresponsable de los recursos naturales. Como resultado, ecosistemas enteros pueden quedar dañados o destruidos de forma irreversible.
Desde el punto de vista económico, la corrupción ambiental genera pérdidas significativas. Aunque a corto plazo algunos actores obtienen ganancias, a largo plazo los costos son mucho mayores. La degradación ambiental reduce la productividad de sectores clave como la agricultura, la pesca y el turismo. Además, el Estado suele perder ingresos debido a la evasión de impuestos, multas no cobradas o contratos fraudulentos. También aumentan los gastos públicos en salud y en la reparación de daños ambientales, lo que afecta negativamente al desarrollo económico sostenible.
En Puerto Rico, aunque existen normas ambientales relativamente robustas, su aplicación efectiva ha sido históricamente débil, y con frecuencia los mecanismos de transparencia y participación ciudadana son subutilizados o erosionados en favor de intereses económicos o políticos.
Esencia es un megaproyecto turístico-residencial proyectado en Cabo Rojo que contempla más de 1,500 viviendas, hoteles, zonas comerciales, campos de golf y otras amenidades en terrenos costeros y ecologicamente sensibles.
La Oficina de Gerencia de Permisos (OGPe) emitió la Determinación de Cumplimiento Ambiental (DIA) del proyecto el 24 de diciembre de 2025, justo en vísperas de Nochebuena, lo cual reducirá el tiempo efectivo que las comunidades tendrán para impugnar la decisión antes de que venza el plazo para hacerlo. Esta táctica —publicar decisiones importantes en fechas de baja atención pública— ha sido usada repetidamente para limitar la transparencia y participación ciudadana, un patrón típico de prácticas que pueden facilitar la corrupción ambiental.
Se ha denunciado que la Declaración de Impacto Ambiental (DIA) carece de estudios básicos como análisis de suelo, hidrología o evaluación de riesgos geológicos y de recursos hídricos, aunque estos son críticos en un entorno seco y con acuíferos frágiles. Organizaciones ambientalistas y comunitarias han señalado que la DIA contiene incongruencias sustanciales, por ejemplo, presenta al proyecto como de “baja densidad”, pero excluye del cálculo superficies como campos de golf y zonas ajardinadas que también alteran el ecosistema, lo que puede ser interpretado como manipulación técnica de los datos. La exclusión de participación y decisiones de deslinde previas cuando en el 2024, el Departamento de Recursos Naturales y Ambientales (DRNA) certificó el deslinde de zona marítimo-terrestre para el desarrollo sin consulta pública ni vistas sobre una materia que afecta derechos públicos y acceso a bienes comunes, según denuncias de organizaciones comunitarias.
El proyecto ha recibido casi $498 millones en créditos contributivos y exenciones fiscales sin establecer mecanismos claros de supervisión o penalizaciones por incumplimiento. Críticos señalan que esto favorece a los desarrolladores sin proteger adecuadamente al Estado o a la comunidad si no se cumplen compromisos económicos o ambientales. La ausencia de mecanismos independientes de fiscalización suele considerarse una práctica asociada a corrupción o captura regulatoria, donde el regulador se vuelve demasiado permisivo o complaciente con los intereses corporativos.
En Puerto Rico, la Ley 416-2004 y su Reglamento de Evaluación Ambiental exigen que proyectos con impactos significativos presenten una DIA y que ésta sea objeto de participación pública antes de cualquier aprobación. El proceso incluye vistas públicas y un periodo para comentarios y concurrencias, diseñado para evitar decisiones arbitrarias. La observancia estricta de estos procedimientos es fundamental para asegurar que la agencia reguladora no abuse de su discreción legal. La participación ciudadana no es solo una formalidad administrativa: es un derecho reconocido en estándares de justicia ambiental.
La corrupción se manifiesta en la captura regulatoria —cuando el regulador actúa más en favor de los intereses regulados que del bien público— es una forma sutil de corrupción. Puede materializarse en decisiones que consistentemente favorecen proyectos empresariales pese a evidencias técnicas contrarias o a la oposición pública, captura reglamentaria.
El análisis del caso Esencia revela cómo fallas en la transparencia, participación pública y cumplimiento riguroso de leyes ambientales no solo generan preocupación comunitaria, sino que ponen en evidencia riesgos reales de corrupción ambiental —entendida como la manipulación estructural de procesos para favorecer intereses privados— aunque no siempre conducentes a cargos penales inmediatos.
Este fenómeno no es aislado, tiene resonancias históricas, donde instituciones debilitadas y prácticas de opacidad han socavado la confianza pública y la protección efectiva del ambiente. Resolver este problema requiere no solo reformas legales, sino también fortalecimiento institucional, fiscalización independiente y participación ciudadana robusta, para asegurar que los recursos naturales sean gestionados de manera justa, sostenible y democrática.
El Proyecto Esencia se sitúa en la frontera entre dos visiones económicas: una centrada en el crecimiento inmediato y otra orientada al desarrollo integral. La pregunta clave no es si Puerto Rico necesita inversión, sino qué tipo de inversión y a qué costo. El verdadero desarrollo no se mide solo en cifras económicas, sino en la capacidad de una sociedad para prosperar sin comprometer su entorno, su cohesión social y su futuro.
La corrupción ambiental facilita modelos de negocio basados en la explotación (extractivismo) intensiva de recursos naturales, como desarrollos costeros, minería o deforestación, sin planificación a largo plazo. La dependencia económica de este modelo extractivo tiene efectos económicos en las economías locales que se vuelven dependientes de actividades de corta duración. Se destruyen sectores económicos sostenibles como agricultura, pesca y ecoturismo. Al agotarse los recursos, quedan comunidades empobrecidas y sin alternativas productivas.
La corrupción ambiental tiende a beneficiar a grandes actores económicos con acceso a poder político, mientras perjudica a pequeñas y medianas empresas, comunidades locales y trabajadores. Esta desigualdad económica y concentración de riqueza tiene efectos económicos como la concentración de tierras y recursos. La pérdida de economías comunitarias. Y la mayor desigualdad en ingresos y oportunidades.
La corrupción ambiental no solo daña la naturaleza, sino que reconfigura negativamente la economía al alterar cómo se hacen negocios, distorsiona mercados, aumenta riesgos, concentra riqueza y debilita la confianza institucional. A largo plazo, genera economías frágiles, desiguales y dependientes de prácticas insostenibles.
El Proyecto Esencia no es solo un caso aislado, sino un reflejo del modelo de desarrollo que Puerto Rico enfrenta como decisión histórica. Apostar exclusivamente por megaproyectos turísticos de alto impacto puede generar crecimiento momentáneo, pero también profundizar desigualdades, dependencia económica y vulnerabilidad ambiental.
En cambio, un enfoque de desarrollo sostenible —basado en planificación participativa, protección ambiental y fortalecimiento de economías locales— puede producir beneficios económicos más modestos en el corto plazo, pero más estables y equitativos a largo plazo.
Combatirla no es un obstáculo al desarrollo económico, sino una condición necesaria para un crecimiento justo, competitivo y duradero.
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