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MUNDIAL

La honda herida del capitalismo

Por Yldefonso Finol
Resumen Latinoamericano
12 de octubre de 2024.

La honda herida del colonialismo: derecha ideológica re-victimiza a los pueblos originarios con apología del genocidio

La derecha mundial anda desatada ensalzando la invasión europea contra los pueblos originarios de Abya Yala como una forma de reafirmación racista, supremacista, imperialista. Ni las víctimas son mínimamente resarcidas, ni los victimarios sacian su cinismo.

El que justifica sus crímenes con argucias “inteligentes” da argumentos a todos los criminales, propugnando la impunidad de todas las atrocidades; en la práctica, crea una metodología de la exculpación para avivar en los imperialismos la sed de poder a costa de sangre ajena.

La derecha ideológica es profundamente (pro) colonialista. Desde su sillón en Londres o New York el consultor neoliberal cuestiona los nacionalismos (latinoamericanos) que frenan la sacrosanta globalización. Pero no le toquen su nacionalismo a los fascistas europeos, ahí sí que pegan el grito al cielo. Literalmente. Ser un patriota en Venezuela, Cuba o Nicaragua es para ellos un arcaísmo tercermundista. Nada dicen del exaltado patrioterismo españolista que reivindica el genocidio en la conquista de América como un hecho positivo. Dicen que “civilizaron”, nos obligaron a hablar de una supuesta “madre patria”, misma que muchas personas en la propia España consideran mala madrastra.

Ni nos “descubrieron”, ni “fundaron” nuestras ciudades, ni nos “civilizaron”. Destruyeron civilizaciones, descubrimos su avaricia. No somos “precolombinos” ni “prehispánicos”. Somos pueblos originarios, descendientes de los que sobrevivieron el primer holocausto.

El bolivarianismo no es antiespañol. Somos anticolonialistas. El 24 de enero de 1821 Bolívar, haciendo gestos sinceros por la terminación de la guerra y la solución pacífica, escribe a Fernando VII: “La existencia de Colombia es necesaria, Señor, al reposo de Vuestra Majestad y a la dicha de los colombianos. Es nuestra ambición ofrecer a los españoles una segunda patria, pero erguida, pero no abrumada de cadenas. Vendrán los españoles a recoger los dulces tributos de la virtud, del saber, de la industria; no vendrán a arrancar los de la fuerza.”

No fue entendida su pía intención, y tuvo España que sucumbir a la fuerza invencible de los pueblos en armas conducidos por el Genio de América.

Bolívar estaba muy claro sobre lo que estaba comentando, cada una de sus palabras llevaba el contenido exacto de su significado en nuestra historia.

En la Carta de Jamaica El Libertador Simón Bolívar conversa sobre el asunto moral de la conquista: “Tres siglos ha, dice usted, que empezaron las barbaridades que los españoles cometieron en el grande Hemisferio de Colón. Barbaridades que la presente edad ha rechazado como fabulosas, porque parecen superiores a la perversidad humana; y jamás serian creídas por los críticos modernos, sí constantes y repetidos documentos no testificasen estas infaustas verdades. El filántropo Obispo de Chiapas, el Apóstol de la América Las Casas, ha dejado a la posteridad una breve relación de ellas, extractada de las sumarias que siguieron en Sevilla a los Conquistadores, con el testimonio de cuantas personas respetables había entonces en el nuevo mundo, y con los procesos mismos que los tiranos se hicieron entre sí: como consta por los más celebres historiadores de aquel tiempo. Todos los imparciales han hecho justicia al celo, verdad y virtudes de aquel amigo de la humanidad, que, con tanto fervor y firmeza, denunció ante su gobierno y sus contemporáneos los actos más horrorosos de un frenesí sanguinario.”

El sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez acuñó el término “catástrofe demográfica”, para definir lo ocurrido con el desplome poblacional de ese territorio que los invasores europeos llamaron al principio “Las Indias”. En su libro “En busca de los pobres de Jesucristo”, Gutiérrez resume las estadísticas de población estimadas por diversas escuelas antropológicas: “Los cálculos son muy variados. Las estimaciones más bajas las dan Kroeber (8.400.000), Rosenblat (13.380.000) y Steward (15.500.000). Las más altas Dobyns (de 90 a 112.000.000) y la escuela de Berkeley (100.000.000). Sapper (37 a 48.000.000) y P. Rivet (entre 40 y 45.000.000) se sitúan entre las posiciones medias. W. Denevan presenta un estado de la cuestión haciendo un acucioso balance de los estudios dedicados al tema; después de una revisión de los criterios usados para calcular la población precolombina de las Indias, el autor opta por 57.300.000 personas (con un margen de error que va de 43.000.000 a 72.000.000).”

En su voluminosa investigación sobre el devenir de las luchas dominicas, el predicador llega a la siguiente conclusión: “Es claro que todo esto tiene un carácter de aproximación y que es necesario estar abierto a ulteriores precisiones y correcciones. Digamos, eso sí, que ante los enfoques contemporáneos, con toda la imprecisión que ellos inevitablemente arrastran, la cifra de 20 a 25.000.000 de muertos que avanza Las Casas hacia 1552 para el conjunto de las Indias resultaría más bien mediana, teniendo en cuenta sobre todo que la caída demográfica se produjo mayormente en las primeras décadas que son las que Bartolomé conoció. Su estimación resulta pues cercana, pero por debajo de ellas, a las conjeturas actuales; lo que es tanto más notable cuanto que en la época no se disponía de los medios que hoy se tienen para hacer esos cálculos. Pero se trata, qué duda cabe, de un asunto sobre el que se seguirá discutiendo por mucho tiempo.”

Esas millones de muertes es lo que celebran en España y Europa con el fulano “Día de la Hispanidad”.

II
Cartas de humanidad

Vicente Rubio era natural de Béjar (11-02-1923), provincia de Salamanca, comunidad autónoma de Castilla y León. Más español, imposible. Siguió la vocación del sacerdocio en la Orden de Predicadores (O. P.), sirviendo por sesenta años a su Iglesia. Doctor en Teología, Filosofía, y en Historia, filólogo y políglota con dominio pleno de francés, italiano, latín, griego y hebreo, tradujo textos originales del Viejo Testamento para la Biblia que preparó el padre Colunga. Más católico, imposible.

Tuve el privilegio de conocerle y hacerme su amigo, a pesar de todas las distancias: espaciales, temporales, religiosas. Nos unió la pasión por el conocimiento de la historia y las luchas por la dignidad humana.

Lo visité por primera vez en el Convento Dominico de Santo Domingo, referido por el padre Antonio Bueno, de la capilla de La Hoyada, Caracas, cuando yo andaba buscando información sobre los frailes Pedro de Córdoba y Antonio Montesinos, para terminar mi libro El Cacique Nigale y la ocupación europea de Maracaibo. Era el año 2000.

El padre Vicente ya estaba bastante mayor y tenía serios problemas de audición, por eso en la primera conversación telefónica que tuvimos, cuando logré a gritos presentarme y decirle en lo que andaba, su única respuesta fue: “venga a visitarme”. Lo visité tres veces en su residencia, fui a Béjar a conocer su familia, y nos vimos por última vez en Plasencia (2003-2004), cuando él pasaba allí unos días en el Convento de Encierro de las Dominicas.

Algún día debo escribir completa la crónica de esa bonita amistad, pero hoy lo que importa es trasmitir que sé de quién estoy hablando: de un predicador sabio, erudito, que dominó cinco idiomas, que formó generaciones de discípulos, que hurgó en los papeles del Archivo de Indias y todos los demás de la España imperial. Más culto, imposible. Sólo ignoraba una cosa que le inquietaba mucho: la realidad de los pueblos indígenas de Nuestra América, porque allí en las islas donde él residía no quedaron sobrevivientes de la invasión de conquista. Me preguntaba cómo vivían, cuántos quedaban en tierra firme, y le brillaban sus ojos ya casi apagados cuando le contaba mis vivencias con varios grupos originarios de Venezuela. “Hay que protegerlos”, me decía.

Y esta minúscula presentación de Vicente Rubio, el valiente orador que enfrentó con sus Siete Palabras los desmanes dictatoriales en República Dominicana, es para que no quede duda alguna sobre la fuente original y transparente del documento escrito más antiguo denunciando las barbaridades cometidas por la invasión española desde la llegada de Colón al actual territorio americano, especialmente en el archipiélago que llamaron erráticamente “Las Indias”.

Esta carta -y otros testimonios que aportaremos- echan por el suelo el invento colonialista de “La leyenda negra”, gestado para desacreditar a Bartolomé de Las Casas, considerándolo un loco y exagerado antiespañol; con ese remoquete (racista por demás) se intenta –por extensión- anular cualquier estudio u opinión crítica sobre el proceso de conquista del “Nuevo Mundo” por parte de Europa.

Fechada en Santo Domingo el 23 de febrero de 1512, la misiva es muy anterior a la conversión de Las Casas a la causa de los derechos humanos de los pueblos originarios. En esos días, el que llegaría a ser Obispo de Chiapas, vivía entre Cuba y Dominicana, siendo clérigo presbítero y potentado encomendero, con lucrativos negocios agrícolas y mineros.

También es precedente el sermón del cuarto domingo de Adviento pronunciado en Santo Domingo por fray Antonio Montesino el 21 de diciembre de 1511, al que considero el primer hito (grito de la voz que clama en el desierto) en la lucha por los Derechos Humanos asumida por un par de buenos españoles: Montesino y Pedro de Córdoba.

Bartolomé de Las Casas -que llegó en la flota invasora de Nicolás de Obando en 1502 y durante doce años, junto a su socio Pedro de Rentería, acumuló una riqueza envidiada hasta por su amigo Diego Velázquez, gobernador de Cuba- decidió renunciar a sus encomiendas y repartimientos el 15 de agosto de 1514, anunciándolo en su sermón el “Día de la Asunción de Nuestra Señora”, en la villa de Sancti Spíritus, región central de la isla cubana. Así se selló la “primera conversión” de Las Casas que, según Isacio Pérez Fernández, consistió “en la toma de conciencia fuerte de los deberes cristianos con el prójimo –en este caso con los indios- y en la decisión consiguiente de ponerlos en práctica antes de predicarlos a los demás, como era su deber de sacerdote”.

El padre Las Casas se hallaba muy consternado por ser testigo, en los tres meses que van de Pentecostés al día de la Asunción, de la muerte por hambre de “siete mil niños y niñas”, por haber sido sus familias separadas, sus padres y madres confinados en los trabajos forzosos, o simplemente asesinados en las cacerías humanas que hacían los españoles para esclavizarles.

La “segunda conversión” ocurriría entre septiembre y diciembre de 1522 cuando se ordenó fraile dominico; y aun su “Brevísima relación de la destrucción de las Indias” apenas sería redactada en 1542 (“en Valencia, a ocho de diciembre de mil quinientos cuarenta y dos”, escribe al final de la obra) e impresa una década después. Ya por entonces, los frailes defensores de la humanidad habían entrado en tal contradicción con los invasores de conquista, que la lista de mártires se inauguró con el cruel asesinato del Obispo de Nicaragua fray Antonio de Valdivieso a manos del gobernador español Hernando de Contreras y una pandilla de avaros colonos de la peor calaña que pululaban desde España hacia nuestros territorios ancestrales.

Podrán ahora leer la carta autógrafa de fray Domingo de Mendoza, O. P., dirigida al Cardenal de España, Francisco Jiménez de Cisneros, Arzobispo de Toledo, previa -como hemos visto- a las denuncias del padre Bartolomé de las Casas que tratan de desvirtuar llamándolas “Leyenda negra”.

No es leyenda, es terrible verdad, que narra sucintamente en una carta el genocidio, las violaciones, el canibalismo (sí, como lo ven, canibalismo cometido por los españoles), esclavitud, crímenes de lesa humanidad masivos, continuados e impunes a la fecha de hoy, que fueron prácticas comunes en esa guerra no declarada, traicionera e injusta hecha por España contra pueblos que no le representaban ninguna amenaza, sólo para saquear riquezas y acumular poder.

Para quienes duden de la autenticidad de este documento más antiguo denunciando las aberraciones de la conquista, pueden ubicarlo en el Tomo 62 de la Colección Muñoz, como se conoce la recopilación ordenada por el rey Carlos III a Juan Bautista Muñoz para documentar su Historia de América (1779).

Los fascistas Aznar, Rabascal y Cantó pueden pasarse por la Biblioteca de la Academia de la Historia en Madrid a verificar la copia certificada oficialmente.