HOME | ACERCA | NACIONAL | LOCAL | MUNDIAL | DOCUMENTOS | CONTACTOS | ANTERIORES

MUNDIAL

La apatía mundial ante los incendios de Australia es un presagio aterrador para el futuro

Por David Wallace-Wells
Traducido por Eva Calleja
NyMag y
Rebelión, 15 de enero de 2020

Ahora mismo, en las afueras de una megalópolis hipermoderna del primer mundo, a finales de un año en el que el público parecía haber despertado finalmente a la dramática amenaza del calentamiento global, se lleva desarrollando durante cerca dos meses enteros un desastre climático de un horror inimaginable y el resto del mundo casi no está prestando atención.

Los incendios de Nueva Gales del Sur llevan ardiendo desde septiembre, destruyendo más de seis millones de hectáreas y permanecen casi completamente incontrolados por las fuerzas de bomberos voluntarios desplegados para combatirlos; el 12 de noviembre, Sídney declaró una alerta de incendios “catastrófica” sin precedentes. Eso fue hace seis semanas, y los fuegos casi seguramente continuaran ardiendo hasta finales del mes que viene, lo más pronto que puede llegar la lluvia. Por supuesto pueden durar más tiempo todavía ayudados, en parte, por las olas de calor que rompen todos los records y que al mismo tiempo están azotando el país (técnicamente un continente entero, Australia tuvo una media de más de 37ºC a principios de este mes) y destruyendo la vida marina del océano que le rodea. “En tierra, las altas temperaturas son “apocalípticas”, escribió el Straits-Times de Singapur. “En el océano es todavía peor”.

El humo ya ha envuelto la ciudad de Sídney en un aire al menos diez veces más saturado de humo de lo que se considera seguro para respirar, haciendo saltar alarmas contra incendios en el interior y suspendiendo el servicio del ferry de la ciudad, ya que los barcos no pueden navegar en la niebla tóxica. La ciudad de Melbourne, a más de 800 kilómetros de distancia, se ha estado ahogando en humo también y los lejanos glaciares de Nueva Zelanda han cambiado de color debido a los incendios. Un informe previo que decía que los koalas estaban “funcionalmente extintos” resultó estar equivocado, pero un informe más reciente sugiere que, debido a los incendios, 480 millones de animales han muerto. Y como las plantas contienen carbono que se libera cuando se queman, cuando los incendios de Nueva Gales del Sur terminen de arder, seguramente casi se habrán doblado las emisiones de carbono de Australia para este año, o más.

Puedes elegir casi cualquier día de los últimos dos meses y quedarte horrorizado por las imágenes de lo que ha ardido ese día. Pero en la víspera de año nuevo, hubo algo en la muestra aleatoria que apareció en mi muro de una red social que es especialmente desgarrador.

Imágenes como estas ya son inquietantemente familiares, especialmente desde los incendios de California en 2017 y 2018. Pero la respuesta a lo que se ha visto en Australia, de nuevo, durante un periodo que se ha convertido en meses, es desconocida, para mí al menos y no para bien. Los incendios de California acapararon la atención del mundo, pero mientras que los que están todavía ardiendo descontroladamente en Australia han tenido algo de atención mediática fuera del país, en general se han presentado como una historia local alarmante pero no apocalíptica.

¿Cuál es la diferencia? Están los factores habituales, el deseo de mirar hacia otro lado, el evitar contemplar los aspectos más alarmantes de la vida contemporánea o lo que presagia para nuestro futuro, la estrechez de miras de los medios, reacios a cubrir los desastres climáticos, al menos como desastres climáticos, y las fuerzas de la negación que, aparentemente ahora están encarnadas tanto en el primer ministro australiano Scott Morrison (que fue elegido después de una campaña centrada contra la acción climática y quien despreocupadamente se fue de vacaciones a Hawái mientras su país ardía) como en Donald Trump o Jair Bolsonaro.

Pero se me ocurren otras dos explicaciones más, ninguna de ellas alentadoras. La primera es la duración de este horror climático que nos ha permitido normalizarlo incluso mientras sigue desarrollándose y continua torturando, brutalizando y aterrorizando. El incendio de Paradise, California, causó casi todo su daño en solo cuatro horas, y su corta duración pudo haber sido tan importante para nuestro horror colectivo como su velocidad. Quizá si hubiese durado más, incluso ardiendo con la misma ferocidad, simplemente nos hubiésemos acostumbrado a él como el ruido blanco de la catástrofe a nuestro alrededor, por imposible que pueda parecer, dada la escala del sufrimiento que acarreó.

Por supuesto, esta hipótesis es especialmente preocupante teniendo en cuenta la manera en la que el cambio climático inevitablemente amplificará esta clase de horrores en las décadas futuras. En la actualidad, hay categorías de desastres naturales, como las sequias, que entendemos pueden durar meses, o incluso años, y aunque deberían captar nuestra atención, raramente lo hacen. A esa categoría de desastres ya hemos añadido otros como las inundaciones, que devastaron el Medio Oeste esta primavera, que duraron muchos meses en algunos lugares, impidiendo a granjeros americanos plantar sus cosechas en siete millones de hectáreas. Pero comprender que las inundaciones son un desastre que puede durar meses es una cosa, por muy impensable que pueda haberle parecido a cualquier americano medio hace cinco o diez años. Llegar a ver la época de incendios como una amenaza permanente es otra adaptación terrible, aunque los californianos están haciendo precisamente eso. Pero considerar los incendios mismos, que pueden viajar a 90 kilómetros por hora o más creando sus propios sistemas meteorológicos que lanzan rayos a kilómetros de distancia de las llamas causando más fuegos, no como una catástrofe repentina, sino como una condición semipermanente, me da la impresión que es otro nivel de normalización. Y sin embargo, aquí estamos.

La segunda explicación es incluso más inquietante. Si me hubiesen dicho, incluso hace seis meses, que un desastre climático como este azotaría un lugar como Australia, probablemente hubiese esperado una cobertura mediática generalizada, ver la opera de Sídney contra un inquietante fondo de humo naranja es una imagen espectacular, pero no es quizá tan importante para las redes sociales como ver a las Kardashian evacuar el valle en Instagram, sin embargo yo habría esperado mucho más que esto. No es por una fe moralista en los medios o en el interés del público por historias desgarradoras como esta. Es por una razón más siniestra: durante décadas, en EE.UU. y Europa Occidental, hemos prestado muchísima más atención al sufrimiento a pequeña escala por la fuerza de desastres naturales cuando afectan a partes del Occidente rico que lo que nunca hemos mostrado por aquellos que ya están sufriendo tanto por el cambio climático en Asia y especialmente en el sur del mundo.

Esos prejuicios son una atrocidad moral y una característica especialmente preocupante de la respuesta mundial al cambio climático, que ya está castigando al mundo en desarrollo de maneras que casi nadie en el Occidente rico consideraría justas, si se permitiesen verlo. Pero también ha resultado ser irritantemente terco y yo habría esperado que los mismos prejuicios hubieran unido la compasión y la empatía de millones de personas en EE.UU. y Europa por la mala situación de una antigua colonia como Australia, principalmente blanca y angloparlante, enfrentada al desastre, esté lo lejos que esté.

Desafortunadamente, la respuesta mundial a los incendios ha sugerido algo que es más bien lo contrario: que ningún lazo de alianza o lealtad tribal es lo suficientemente fuerte para no desecharlo, si desecharlo nos permite ver el sufrimiento de otros que viven en otro lugar del planeta como algo insignificante para nuestras propias vidas. Estos incendios no son más que un desastre, por supuesto, y el planeta tiene muchos campos de prueba como este para el futuro. Pero entre una de las más perversas monstruosidades del cambio climático sería que trajese consigo el fin de esta clase de perjuicios mundiales, no para reemplazarlos por un sentido de humanidad compartida sino por un sistema de desinterés definido por círculos cada vez más pequeños de empatía.