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NACIONAL

DE JULIO CÉSAR A BUSH

DE JULIO CÉSAR A BUSH
elmundo.es
29 de septiembre de 2002

Nota de Editores de Cambio Social: El siguiente analisis histórico es del año 2002 aún así consideramos que tiene muchos elementos vigente.

EEUU, la roma del siglo XXI
Desde el imperio romano ninguna nación ha acumulado tanto poder como ahora EEUU. Tiene presencia militar en 132 de los 190 estados de la ONU. Entonces se hablaba de «pax romana» y hoy de «pax americana». Ave, César Bush

La palabra del momento actual es imperio. Mientras EEUU se encamina decididamente hacia la guerra, no existe ningún otro término para reflejar mejor el alcance del poder norteamericano y la enorme escala de sus ambiciones. Y aunque es bien sabido que sus enemigos llevan décadas enarbolando sus puños contra el imperialismo norteamericano, lo que resulta sorprendente, y mucho más novedoso, es que la noción de imperio norteamericano se ha convertido, súbitamente, en motivo de un vivo debate dentro del propio país.No sólo entre los liberales de corte eurófilo, sino a todo lo largo y ancho del espectro político, desde la izquierda hasta la derecha más conspicua.

En los últimos tiempos, por ejemplo, un liberal disidente como Gore Vidal, quien ha titulado su más reciente recopilación de artículos sobre EEUU El último imperio, ha encontrado un gran aliado en el columnista conservador Charles Krauthammer. A principios de este mismo año, Krauthammer afirmaba en el rotativo The New York Times: «El hecho cierto es que ninguna otra nación ha ejercido un mayor dominio cultural, económico, tecnológico y militar en toda la Historia del mundo desde la época del Imperio romano».

La idea de que EEUU es una especie de Roma del siglo XXI está ganando terreno, cada día más, en la conciencia de aquel país.La revista The New York Review of Books ilustraba recientemente un artículo sobre el poder de EEUU con un dibujo de George Bush disfrazado a la manera de un centurión romano, incluso con lanza y armadura. A principios de este mes, la emisora de radio WBUR de Boston, titulaba un programa especial que emitió sobre el poder imperial de EEUU Pax Americana, parafraseando la conocida expresión latina Pax Romana. Tom Wolfe ha escrito que Norteamérica es «en la actualidad la potencia más poderosa sobre la Tierra, tan omnipotente como la Roma de Julio César».

Pero, ¿es correcta esta comparación? ¿Son los norteamericanos unos nuevos romanos? En el transcurso del rodaje de un documental que he hecho recientemente sobre los acontecimientos ocurridos durante los últimos meses, hice esta misma pregunta a un grupo de personas extraordinariamente cualificadas para contestarla.No se trataba de expertos en estrategias de Defensa de EEUU o en política exterior norteamericana, sino de los historiadores británicos más importantes en el campo de la Historia del Mundo Antiguo. Todos conocen Roma a la perfección y todos ellos, sin excepción, se sienten absolutamente anonadados ante las enormes similitudes existentes entre el imperio actual y el imperio de entonces.

La más obvia de dichas similitudes estriba en su sobrecogedora fuerza militar. Roma era la superpotencia de su tiempo y se enorgullecía de tener un ejército con el mejor entrenamiento, dotado del mayor presupuesto y con el mejor equipamiento militar que el mundo hubiera visto jamás. Ningún otro ejército se le acercaba ni de lejos. EEUU es ahora una potencia dominante igual que lo era Roma entonces: su presupuesto de Defensa pronto será mayor que la suma del gasto militar de los nueve países que le siguen, algo que permite al Pentágono desplegar sus fuerzas a la velocidad de la luz casi por todos los rincones del planeta. En lo que al ámbito del liderazgo tecnológico se refiere, EEUU aparece como una potencia sin rival posible.

COLONIALISMO SIN COLONIAS
Existe una notable diferencia entre ambos imperios. Y es que, aparte de los casos peculiares de Puerto Rico y la isla de Guam, EEUU no tiene colonias, en el sentido formal del término, tal y como los romanos siempre tuvieron. No existen cónsules o virreyes norteamericanos que gobiernen directamente en países lejanos.Pero tal diferencia podría ser menos significativa de lo que pudiera parecer. Al fin y al cabo, Norteamérica ha hecho todo cuanto había que hacer para conquistar y colonizar: lo que ocurre es que no lo podemos apreciar de la misma manera que entonces.Para algunos historiadores, la fundación de Norteamérica y su expansión hacia el oeste durante el siglo XIX no fueron más que un simple entrenamiento para la posterior construcción de un imperio, exactamente lo mismo que hizo Roma cuando comenzó a expandirse por el Mediterráneo. Al igual que Julio César cuando conquistó las Galias -alardeando de que había matado a más de un millón de galos-, los pioneros norteamericanos combatieron contra los cheroquis, los iroqueses y los sioux. «Desde el mismo momento en que los primeros colonos llegaron a Virginia desde Inglaterra y empezaron a dirigir sus pasos al oeste, ésta se convirtió en una nación imperialista, una nación conquistadora», asegura Paul Kennedy, autor del libro Ascensión y caída de las grandes potencias.

EEUU tiene bases militares, o derechos sobre bases, en unos 40 países de todo el mundo, un fenómeno que les da la misma potencia global que tendrían si gobernaran directamente en todos esos países. (Cuando EEUU se enfrentó al régimen talibán el pasado otoño, movilizó buques de guerra desde sus bases en Gran Bretaña, Japón, Alemania, el sur de España e Italia. Las respectivas flotas estaban ya atracadas en todas esas bases). De acuerdo con las afirmaciones de Chalmers Johnson, autor de Contraataques: los costes y consecuencias del imperio norteamericano, estas bases militares de EEUU, que se pueden contar por cientos en todo el mundo, no pasan de ser otra cosa que una versión actualizada de las colonias imperiales de la época romana. No existe prácticamente ningún lugar en el mundo fuera del alcance de Norteamérica. Las cifras del Pentágono demuestran que EEUU tiene presencia militar en 132 de los 190 estados miembros de las Naciones Unidas.

La omnipresencia militar es sólo uno de los rasgos comunes entre la Roma imperial y EEUU. El enfoque que da EEUU al concepto de lo que supone ser un imperio es quintaesencialmente romano. Es algo así como si los romanos de entonces les hubieran legado directamente su impronta y las debidas instrucciones sobre cómo se debe llegar a tener un imperio, unas directrices que, hoy día, los norteamericanos se dedican a seguir con absoluta religiosidad.

DEL COLISEO A HOLLYWOOD
La lección primera del manual romano para el éxito imperial consiste en poner de relieve que no es suficiente con disponer de una gran fuerza militar: el resto del mundo debe conocer la existencia de dicha fuerza. Y también temerla. A estos efectos, los romanos utilizaron la técnica propagandística más característica de su tiempo -los combates de gladiadores en el Coliseo- para demostrar al mundo lo duros que eran. En la actualidad, la cobertura de 24 horas al día que ofrecen los telediarios sobre operaciones militares de EEUU -incluyendo vídeos de seguimiento de bombas inteligentes hasta alcanzar sus objetivos- o las películas de Hollywood se utilizan para idéntica función.

Como los romanos, los norteamericanos son muy conscientes de la enorme trascendencia que tiene la tecnología. Para los romanos, la tecnología se centraba, fundamentalmente, en la construcción de sus famosas calzadas, unas vías que permitían el desplazamiento de sus tropas por todo el imperio y el abastecimiento de éstas a unas velocidades jamás imaginadas hasta entonces y que no serían superadas hasta más de un milenio después. Éste es el ejemplo perfecto de cómo uno de los puntos fuertes de un imperio tiende a incentivar otro: una innovación en la ingeniería, originalmente concebida para fines militares, fue fundamental para propiciar la posterior expansión comercial de Roma.

En nuestro mundo de hoy en día, a aquellas calzadas las han venido a sustituir las superautopistas de la información. Internet también comenzó siendo una herramienta para uso militar concebido por el Departamento de Defensa y en la actualidad se ha convertido en el mismísimo corazón del comercio norteamericano. Por otra parte, y a lo largo de todo este proceso imperial, el inglés se está convirtiendo en el latín de estos tiempos: la lengua que se habla en todo el mundo. Además, EEUU está demostrando también algo que los romanos sabían perfectamente: que cuando un imperio es el líder mundial en un ámbito concreto, pronto dominará los demás campos.

No obstante todo lo anterior, no parece que EEUU se haya limitado a adoptar meras técnicas puntuales y específicas de sus antiguos antecesores. Lo que más vivamente llama la atención a los historiadores es que los norteamericanos han asumido los conceptos fundamentales sobre los que los romanos sustentaban su propio Imperio. Roma había llegado a la conclusión de que una potencia mundial, si quería que su poder se prolongara a lo largo del tiempo, tenía que poner en práctica dos tipos de imperialismo simultáneamente: un imperialismo duro, fundamentado en ganar guerras e invadir territorios, y otro de características más suaves, consistente en poner en juego determinados trucos de naturaleza cultural y política que le servían, no para alcanzar más poder, sino para mantener el que ya tenía.

En efecto, las mayores conquistas de Roma no fueron a punta de lanza, sino que para ellas utilizaron todo el poder de seducción que ejercía sobre los pueblos que ya había conquistado. Tal y como observaba Tácito a propósito de Gran Bretaña, a los pueblos nativos parecían gustarles mucho las togas, los baños y la calefacción central, sin darse cuenta de que todas esas cosas no eran sino los símbolos de su «esclavitud».

Hoy en día, EEUU ofrece a los pueblos del mundo un paquete cultural de similar coherencia, un conjunto de productos y servicios que son siempre lo mismo donde quiera que uno los pueda consumir.Si bien en nuestros días ya no hay togas ni luchas de gladiadores, sí que existen Starbucks, Coca-Cola, McDonald's y Disney, bienes que se pagan con el equivalente contemporáneo de los talentos romanos, es decir, con la divisa fuerte del siglo XXI, el dólar.

Cuando un procedimiento de esta naturaleza funciona, no es preciso, ni siquiera, recurrir al uso de la fuerza, dado que este sistema posibilita gobernar globalmente por control remoto, utilizando para ello estados-clientes que alberguen sentimientos amistosos.Y ésta es la técnica favorita de EEUU: ellos no necesitan colonias teniendo, como tienen, gente de las características de un Sha en Irán o un Pinochet en Chile para hacer el trabajo en su lugar, algo que ya habían hecho los romanos con anterioridad. Es decir, gobiernan, siempre que pueden, por medio de apoderados.

Roma tenía por costumbre atraerse a los herederos de las familias más importantes de las naciones que conquistaba, a los que preparaba concienzudamente para que, más adelante, gobernaran en sus países de origen a favor, naturalmente, de los intereses romanos. Exactamente de la misma manera que, en los tiempos actuales, las escuelas privadas de elite de Washington están repletas de hijos de reyes árabes, presidentes suramericanos o futuros líderes africanos, todos ellos pro-occidentales.

ENEMIGOS DE SANGRE
El sistema no funcionó siempre bien. Las rebeliones en contra del Imperio eran acontecimientos permanentes, con las hordas bárbaras constantemente presionando contra las fronteras del Imperio romano. Existen documentos que sugieren con claridad que los rebeldes no eran fundamentalmente antirromanos. Lo que pretendían era, simplemente, compartir los privilegios y la abundancia que había en Roma.

Muchos de los enemigos de Roma que se levantaron en armas eran hombres que, previamente, habían sido educados por el propio Imperio con la intención de utilizarlos, más adelante, como aliados serviles. ¿Es necesario mencionar los nombres del antiguo protegido de EEUU Sadam Husein o el de Osama bin Laden, que, en tiempos, fue entrenado por la CIA?

Roma tuvo, incluso, su propio 11 de septiembre. En el año 80 a. C., el rey helénico Mitrídates ordenó a sus súbditos que mataran a todo ciudadano romano que se encontrara viviendo entre ellos, señalando incluso una fecha concreta para proceder a las ejecuciones.Sus súbditos hicieron caso estricto de dicha orden y asesinaron a 80.000 romanos que residían en diferentes comunidades diseminadas por toda Grecia.

«Los romanos quedaron enormemente traumatizados cuando se enteraron de la terrible noticia», comenta Jeremy Paterson, especialista en Historia de la Antigüedad de la Universidad de Newcastle.«Ocurrió algo parecido a lo que se decía en todos los periódicos de EEUU tras los atentados del 11 de septiembre. Los romanos, atónitos, se preguntaban a sí mismos: "¿Por qué nos odian tanto?"».

También a nivel interno, EEUU sigue pasos que eran habituales entre los romanos. La idealización mitológica norteamericana de su pasado -la presentación de los padres fundadores de la patria, Washington y Jefferson, como titanes heroicos; la representación, a modo de historieta folclórica, de los patriotas norteamericanos lanzando por la borda los fardos de té en el puerto de Boston en 1766, y la interpretación de la Guerra de la Independencia- era algo muy típicamente romano. También aquel Imperio sintió la necesidad de crear un pasado mítico protagonizado por grandes héroes, que para los romanos fueron Eneas y la fundación de Roma.En ambos casos el propósito es el mismo: demostrar que una gran nación no lo es por un simple accidente, sino que es fruto de un destino claro y manifiesto.

Además, Norteamérica comparte con Roma la firme convicción de que está llevando a cabo una sagrada misión encomendada desde lo alto. Augusto se declaró a sí mismo hijo de un dios y colocó una estatua en memoria de su padre de adopción, Julio César, sobre un podio al lado de las estatuas de Marte y Venus. En nuestros días, se puede observar idéntico fenómeno en los billetes norteamericanos, con su leyenda de «Confiamos en Dios», y en la forma que tienen los políticos estadounidenses de acabar sus discursos: «Dios bendiga a América».

Incluso con uno de los rasgos más distintivos de la sociedad norteamericana actual, el de su diversidad étnica, los romanos se sentían sumamente cómodos. Su sociedad no sólo era notablemente diversa, con gente procedente de todo el mundo, sino que, además, prometían a los nuevos inmigrantes la posibilidad de llegar a lo más alto. EEUU aún no ha tenido ningún presidente que no fuera blanco, pero Roma se jactaba de tener un emperador procedente del norte de África, Septimio Severo. Según la especialista en temas clásicos Emma Dench, Roma también tuvo su propia versión de esas identidades «camufladas» que tanto se dan en Norteamérica.Al igual que los italoamericanos o los irlandeses norteamericanos, a los ciudadanos romanos se les permitía llevar una especie de apodo complementario al de su ascendencia grecorromana.

EL MITO FUNDACIONAL
Como resulta lógico pensar, existen también grandes diferencias entre ambos imperios, comenzando por la de su propia imagen.Los romanos se sentían muy satisfechos con su propio status de dueños de todo el mundo conocido, pero muy pocos norteamericanos estarían dispuestos a jactarse de su propio imperialismo. Como es natural, una gran mayoría lo negaría. El simple hecho de admitirlo supondría echar por tierra todos los mitos existentes sobre su fundación como país.

Porque EEUU se constituyó como nación a partir de una revolución contra el imperio británico y en nombre de la libertad y la autodeterminación.Educados en la creencia de ser una nación rebelde, integrada entonces por gentes desvalidas pero valerosas, los norteamericanos no podrían aceptar, de ningún modo, su actual papel imperialista.

A los antinorteamericanos les gusta creer que una eventual operación militar contra Irak podría ser una prueba de que EEUU está sucumbiendo ante la misma tentación que acabó con Roma: la de la supervaloración de su capacidad. Pero ésta es una hipótesis tan válida como la de que se encuentra, en la actualidad, navegando por las mismas aguas que Roma durante la segunda fase de su historia imperial, cuando, frustrada por los malos resultados que le estaba dando el método de gobernar por medio de aliados, decidió llevar a cabo esa tarea por sí misma. ¿Y qué puede significar algo así? ¿Se encuentra EEUU al final de su trayectoria imperial o, por el contrario, en la antesala de su incursión más ambiciosa? Es una pregunta a la que sólo los historiadores del futuro podrán contestar.







MIEDO A PERDER EL «IMPERIO»


Hay un factor que atemoriza seriamente a los estadounidenses cuando se establecen paralelismos entre Roma y ellos mismos: la noción de que todos los imperios acaban por declinar y caer. «Lo que EEUU va a necesitar tener muy en cuenta durante los próximos 10 o 15 años», asegura Christopher Nelly, especialista en Historia Clásica de la Universidad de Cambridge, «es determinar claramente cuáles deben ser las dimensiones óptimas de su imperio no territorial, hasta dónde debe llegar su intervencionismo, qué grado de control desea ejercer y hasta qué punto éste ha de ser directo o llevado a cabo por elites locales. Cuestiones todas ellas que afectaron severamente al Imperio romano».