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MUNDIAL

La pobreza, la desigualdad y el hambre aumentan en Puerto Rico

Por Cándida Cotto
Claridad
16 de octubre de 2018

Siendo el tercer país con más desigualdad del mundo y con el 52.3% de la población bajo los niveles de pobreza, es iluso y hasta irresponsable pretender negar que no haya hambre en Puerto Rico. “Puerto Rico sufre de dos situaciones particulares. Una es la pobreza, que cuando definimos pobreza lo hacemos basado en los niveles federales de la pobreza, y en Puerto Rico casi la mitad de la población está por debajo de los niveles de pobreza. El otro gran problema es la desigualdad que existe. Puerto Rico es uno de los países más desiguales, y aunque la desigualdad no iguala a pobreza, la desigualdad es un gran problema por la distribución de la riqueza. En Puerto Rico, el 20% de las personas tiene más del 80% de de la riqueza”, manifestó en entrevista con CLARIDAD la presidenta del Banco de Alimentos de Puerto Rico (BAPR) Denise Santos Feliciano.

El Banco de Alimentos es una organización sin fines de lucro -una ONG- que acopia alimentos y los distribuye a través de otras organizaciones, para satisfacer las necesidades alimentarias a personas en desventaja socioeconómica. El crecimiento del proyecto –iniciativa de unos misioneros hace 30 años– es evidencia de que el hambre en el país ha aumentado en lugar de disminuir. En esa dirección Ivonne Bernard, directora de Desarrollo de Programas de Mercadeo del BAPR, señaló que desde hace cinco años lleva hablando de que el número de personas que pasa hambre en el país va en aumento, en particular a partir del periodo mas crítico de la crisis económica en el 2006 al 2010, incluso entre gente que vive en urbanizaciones de prestigio.

Aun cuando comentó que, en su opinión, el hambre siempre ha existido y existirá porque depende mucho de los demás seres humanos, también expresó que hay gente “que están dispuestos a compartir las gracias que tenemos. No tengo estudios, pero te puedo mencionar que en general ha habido una mayor pobreza, y afecta a la alimentación, al hambre, porque ya no se comparte tanto como antes, que le podías pedir al vecino. Por eso nuestra campaña de Nadie se quede sin comer”.

Trajo la atención a que las ideas para ayudar a atender esta situación han ido creciendo y que ya hay universidades en Puerto Rico que tienen un programa de alimentación para sus estudiantes que viven bajo el nivel de pobreza. Describió que las iniciativas, todas sin fines de lucro, varían en sus servicios. Algunos ejemplos de estas iniciativas las hay en recintos de la Universidad de Puerto Rico, en la Universidad del Sagrado Corazón y en algunos recintos de la Universidad Interamericana. Varias de estas iniciativas incluyen una pequeña compra al estudiante que no puede volver a su casa el fin de semana. También reconoció que el Departamento de la Familia extendió ya hace unos años la tarjeta del PAN a estudiantes universitarios. “El problema está ahí: la alimentación está bien atada al aprovechamiento académico”, recalcó.

Santos Feliciano ahondó en que mientras Puerto Rico no disfrute de un desarrollo sostenible y amplio, va a seguir existiendo la pobreza y, por ende, el hambre. Quizás no sea una pobreza extrema como la que vemos en África, pero es el que las personas tengan que escoger entre educar a los hijos o comer, comprar medicamentos o comer; hasta pagar los servicios de agua y luz; o lo mas frívolo que uno pueda pensar, de pagar el celular o el cable, porque el dinero no da para todo. Comentó que sabe de estudiantes universitarios que duermen en sus carros y que pasan el día con una bolsita de papitas fritas. “Esa es la realidad que existe, la que no nos gusta ver”.

Junto a la experiencia de servicio y crecimiento de sus participantes durante estos 30 años están las estadísticas. Las estadísticas que maneja en BAPR, recogidas del Censo, así como de otras fuentes, arrojan que en julio de 2017 la población de Puerto Rico era de 3,240,000. De esta población, 1,400,000 se encontraba bajo el nivel de pobreza y 800 mil en pobreza extrema. La mediana de ingresos pre María era de $20,043.

Tras el paso del huracán, el promedio de la población bajo los niveles de pobreza subió a 52.3% y la mediana de ingresos bajó a $9,606.

Una tarea de voluntarios

El capital del Banco de Alimentos se obtiene todo mediante donaciones, ya sea de individuos, fundaciones o corporaciones con o sin fines de lucro. El trabajo de almacenar, identificar, segregar y limpiar los alimentos lo hacen voluntarios. Bernard indicó que el BAPR distribuye los alimentos a través de otras 130 ONG, de las cuales algunas tienen ramificaciones, que entonces distribuyen a otras organizaciones. Estas organizaciones en la práctica son de nivel isla, de pueblos como Morovis, Barceloneta, Manatí, Aguadilla, Mayagüez, Loíza, Ponce, Guayama y Maunabo. Estas últimas más lejanas sirven a sus pueblos cercanos.

El alcance de todo este trabajo y servicio voluntario impacta a hogares de envejecientes, programas escolares de horario extendido, hogares para menores, cuidado diurno a envejecientes, hogares para personas con impedimentos físicos y mentales, cuidado diurno de menores, hogares de rehabilitación a drogas y alcohol, residencias religiosas, programas conocidos como Soup Kitchen, organizaciones múltiples de servicios y hasta comida para albergues de animales.

Una de las iniciativas del BAPR que refleja lo grave de la situación de hambre de la población es el programa de la “Mochila Alegre”. Este programa que inició en el 2008 impacta en la actualidad a 700 menores entre las edades de 6 a 12 años en 19 municipios. La Mochila Alegre que se le da a cada participante todos los viernes contiene alimentos y meriendas nutritivas para el fin de semana.

Bernad explicó que el BAPR calcula toda la comida que entra y sale por libra. El año pasado distribuyeron 18.023 millones de libras de alimentos. En el 2016, fueron 9.8 millones de libras de alimentos. Si se lleva a una proyección de porciones de comida, en el 2017 se repartieron 15 millones de porciones de alimentos.

Ls entrevistadas coincidieron en que más allá del Programa de Alimentación Nutricional ( PAN), es decir el programa de la tarjeta de alimentos, y el Programa de Comedores Escolares, el estado no tiene ninguna otra política pública para manejar la situación de hambre. Bernard recordó el dato de que el senador Miguel Pererira en una ocasión trabajó un proyecto de ley que pretendía atribuir esa responsabilidad al BAPR. Aun cuando dejó entrever que no estaban muy de acuerdo con esa intención, sí comentó que hay oportunidad para una ley de sostenimiento. Hizo la observación de que si no fuera por la gestión del Banco y las redes de ONG, la situación no estaría atendida.

Por su parte, Santos Feliciano, levantó el señalamiento de que aparte de apoyar a las personas verdaderamente necesitadas, Puerto Rico tiene que empezar a fomentar el trabajo, fomentar que la gente se gane la vida y pueda vivir una vida plena. “Yo creo que también tenemos que cortar un poco el asunto de la dependencia porque nosotros somos un pueblo muy creativo, muy capaz. Creo que muchas políticas que comienzan con un deseo de ayudar a la población terminan creando mayor dependencia. Este país necesita romper un poco la dependencia y comenzar a fomentar el trabajo y la generación de ingresos y riqueza. Hasta que no creemos riqueza, no podemos salir de esta situación en que estamos”.

El Banco de Alimentos coincide con los planteamientos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico y el Banco Mundial en reducir la pobreza y el hambre; en la necesidad de desarrollar programas que aumenten los ingresos familiares, en la necesidad del aprendizaje continuo para saber y poder responder a escenarios cambiantes, en establecer alianzas con organizaciones y expertos para complementar recursos y capacidades existentes y en contar con la colaboración e insumo de los clientes.

Santos Feliciano exhortó a las diferentes organizaciones, con o sin fines de lucro, y al gobierno a procurar un proyecto de país para trabajar la pobreza desde todos los frentes para poder crear una mejor calidad de vida. “Cuando salimos un poquito de la ciudades nos damos cuenta de que hay gente que pasa gran parte de su día buscando alimento. Hay que salir y ver las organizaciones que están trabajando y agradecer a estas organizaciones aliadas, que nos dan la mano asegurándose de que ese alimento llegue a las manos que lo necesitan. Sin nuestros donantes y sin el trabajo voluntario, sin la generosidad, tanto de los que laboran en el Banco como el de las ONG, no podríamos cumplir con nuestra misión.