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MUNDIAL

La paz del chaco a 75 años

Periódico Cambio. Periódico del Estado Plurinacional Boliviano.
12 de junio de 2010

Editorial

Están en guerra Bolivia y Paraguay. Los dos pueblos más pobres de América del Sur, los que no tienen mar, los más vencidos y despojados se aniquilan mutuamente por un pedazo de mapa. Escondidas entre los pliegues de ambas banderas, la Standard Oil Company y la Royal Dutch Shell disputan el posible petróleo del chaco. Metidos en la guerra, paraguayos y bolivianos están obligados a odiarse en nombre de una tierra que no aman, que nadie ama: el chaco es un desierto gris, habitado por espinas y serpientes, sin un pájaro cantor ni una huella de gente. Todo tiene sed en este mundo de espanto. Las mariposas se apiñan, desesperadas, sobre las pocas gotas de agua, reseña el laureado escritor uruguayo Eduardo Galeano en sus Memorias del Fuego.

Los bolivianos vienen de la heladera al horno: han sido arrancados de las cumbres de los Andes y arrojados a estos calcinados matorrales. Aquí mueren de bala, pero más mueren de sed. Nubes de moscas y mosquitos persiguen a los soldados, que agachan la cabeza y trotando embisten a través de la maraña, a marchas forzadas, contra las líneas enemigas. De un lado y del otro, el pueblo descalzo es la carne de cañón que paga los errores de los oficiales. Los esclavos del patrón feudal y del cura rural mueren de uniforme, al servicio de la imperial angurria. Habla uno de los soldados bolivianos que marcha hacia la muerte. No dice nada sobre la gloria, nada sobre la patria. Dice, resollando: Maldita sea la hora en que nací hombre.

Contará el boliviano Augusto Céspedes la patética epopeya. Un pelotón de soldados empieza a excavar un pozo, a pico y pala en busca de agua. Ya se ha evaporado lo poco que llovió y no hay nada de agua por donde se mire o se ande. A los doce metros, los perseguidores del agua encuentran barro líquido. Pero después, a los treinta metros, a los cuarenta y cinco, la polea sube baldes de arena cada vez más seca. Los soldados continúan excavando, día tras día, atados al pozo, pozo adentro, boca de arena cada vez más honda, cada vez más muda; y cuando los paraguayos, también acosados por la sed, se lanzan al asalto, los bolivianos mueren defendiendo el pozo, como si tuviera agua.

También contará el paraguayo Augusto Roa Bastos esa patética epopeya. Él hablará de los pozos convertidos en fosas, y del gentío de muertos, y de los vivos que sólo se distinguen de los muertos porque se mueven, pero se mueven como borrachos que han olvidado el camino de su casa. Él acompañará a los soldados perdidos, que no tienen ni una gota de agua para perder en lágrimas.

Después de noventa mil muertos acaba la Guerra del Chaco. Tres años ha durado la carnicería desde que paraguayos y bolivianos cruzaron las primeras balas en un caserío llamado Masamaclay —que en lengua de indios significa lugar donde pelearon dos hermanos—. Al mediodía llega al frente la noticia. Callan los cañones. Se incorporan los soldados, muy de a poco, y van emergiendo de las trincheras.

Los haraposos fantasmas, ciegos de sol, caminan a los tumbos por campos de nadie hasta que quedan frente a frente el regimiento Santa Cruz, de Bolivia, y el regimiento Toledo, del Paraguay: los restos, los jirones. Las órdenes recién recibidas prohíben hablar con quien era enemigo hasta hace un rato. Sólo está permitida la venia militar; y así se saludan. Pero alguien lanza el primer alarido y ya no hay quien pare la algarabía.

Los soldados rompen la formación, arrojan las gorras y las armas al aire, y corren en tropel, los paraguayos hacia los bolivianos, los bolivianos hacia los paraguayos, bien abiertos los brazos, gritando, cantando, llorando, y abrazándose ruedan por la arena caliente.

Y ayer, a 75 años del cese de los cañones y el fin de la carnicería entre hermanos, autoridades bolivianas y paraguayas conmemoraron en Villamontes ese hito histórico de dos pueblos que se enfrentaron en una guerra promovida por intereses ajenos, los mismos que ahora intentan abortar la integración de los pueblos de América Latina, nunca tan convencidos como hoy para consolidar su soberanía y dignidad para construir su común destino.

Fue el 12 de junio de 1935, dos días después del cese de las hostilidades, cuando en Buenos Aires se firmó la paz del chaco, documento que puso fin a las hostilidades bélicas entre bolivianos y paraguayos.

“Dos pueblos americanos han sido testigos de una guerra injusta que nos enfrentó por intereses foráneos y que hoy, al conmemorar los 75 años del armisticio, fortalecemos nuestros lazos de amistad, de decisión y voluntad pacifista”, señaló el ministro de Defensa boliviano, Rubén Saavedra Soto —en la plaza de armas de Villamontes—, en presencia de su colega paraguayo, Luis Barreiro.

Y al conmemorar los 75 años del armisticio, ambos pueblos han sepultado definitivamente en el pasado la guerra que los enfrentó y que cobró la vida de 55 mil soldados bolivianos —muchos murieron de sed— y 35 mil paraguayos. Hoy, ambos países fortalecen sus lazos de amistad, comparten una decisión y voluntad pacifista para impulsar la integración y el desarrollo de sus pueblos.

Y en el marco de los tiempos de integración que vive América Latina, dos gobiernos ratificaron ayer a la región y al mundo su decisión de que nunca más se derrame sangre entre hermanos, que nunca intereses ajenos a sus pueblos los enfrente y que jamás el suelo de la patria latinoamericana sea manchada por la intriga y la confabulación de quienes alentaron aquella guerra para dividirnos, para someternos.

No obstante, esa lección ha sido aprendida y a 75 años del cese de hostilidades en el chaco, dos pueblos señalan el camino de la integración, de la soberanía y la solidaridad latinoamericanas para ser fuertes..., para ser dignos.